Reunieron una veintena de personas y, con ellas, encendieron las lámparas de la cámara subterránea. Cada cual dejó una hoja con su sentir. Empezaron a jugar a recuperar sin tomar: simbolizaron la devolución con gestos —un pañuelo sobre la repisa, una canción cantada en voz alta— y observaron qué cambiaba en la plaza. Lentamente, sin necesidad de sacrificar memorias esenciales, la fotografía cedió su silencio; la niña recobró el nombre: "Mateo". No vino como un milagro sino como un reencuentro: alguien recordó, alguien narró, y la memoria volvió a circular.